Hablamos el pasado día, en la radio, del follón que se tuvo que montar en aquel Laredo del siglo XVI con la llegada del Emperador. Y es que 56 navíos, de aquellos de trapo –velas-, con tripulaciones que llegaban o sobrepasaban los 100 hombres, más las hermanas del Emperador, más su séquito flamenco, nos daban cifras aproximadas de 5600 personas, que arriban a Laredo un 28 de septiembre de 1556 con todo sin preparar.
Y es que eran tiempos en que la población de Laredo rondaría entre 600 y 1000 habitantes. Dónde la economía era muy precaria, apenas había pan porque aquí no se da el trigo y los huevos y las gallinas que abastecen a 1000 almas, mal pueden, de repente, dar sustento a 5000.
Bien es verdad que llamó el amigo Rodri –desde aquí un saludo- para puntualizar que la flota partió rauda para Santander –dato que no tengo- pero, así y todo, no me hago a la idea de que no tocasen tierra, aunque sólo un par de días, para aprovisionarse y estirar las piernas, ya que el viaje de Flesinga para acá dura varios días y más si hay temporales en la mar…
Pero si de arribadas “escandalosas” estamos tratando, no se queda a la zaga la que protagonizó, años antes, su madre y su abuela – Juana e Isabel la Católica-.
Y es que harto de enseñar su casa –la del Condestable P. Fernández de Velasco- y de relatar la historia, no sé por qué mi corazón se inclina por Catalina –la hermana pequeña de Juana-.
Lo de Juana fue sonado aunque aquí ya nada nos conmueve. Y es que allá por 1496 Laredo era un puerto activo, que estaba inserto en las principales rutas del comercio internacional. Sus mercaderes y dueños de barcos formaban parte de las redes de comercio castellanas asentadas a lo largo y ancho de Europa –ahí queda eso-. Laredo había dejado de ser un puerto local, para convertirse en otro de ámbito internacional. En dicha transformación intervinieron factores geográficos –supongo que aparte del fondeadero del Fraile estaría el “fácil” acceso a la Meseta por el paso de los Tornos-, pero sobre todo, históricos: la alianza de intereses entre comerciantes de Burgos y Laredo.
No es extraño, entonces, que Isabel la Católica eligiera al puerto de Laredo para que, desde aquí, partiera la flota que llevara a su hija Juana para casarse con Felipe el Hermoso.
Así el 22 de agosto de 1496, partió de dicho puerto la Armada más poderosa que hasta el momento habían fletado los Reyes Católicos, la más moderna, la de mejor y con más nuevo armamento de artillería, y con más numerosos militares. Se componía de 32 barcos –uno de ellos era el de Juan de Mori, familia que ya ha salido a relucir por aquí en otros textos-. Además, a ellos les acompañaron otras 60 naves mercantes. La tripulación de 32 barcos de aquella armada alcanzaría la cifra de unas 2260 personas, a las que hay que sumar unos 2250 hombres de guerra, más 200 personas del séquito de la princesa.
A tales cifras, hay que sumar el cortejo propio de la reina Isabel y del resto de los infantes. Es decir, en aquellas fechas se juntaron más de 7000 personas en aquel Laredo que rondaría los 400 o 500 habitantes. La población se multiplicó por 14 o más.
Los gastos y perjuicios que todo aquello supuso para aquella humilde población fueron recompensados por la reina con dádivas en pro del arreglo y mejora de aquella “famosa” dársena…
Pero no me imagino caminar, hoy en día, por esas viejas rúas –no había más-, con tal cantidad de gente deambulando por ellas ¿y vosotros?
Y para ir terminando y no cansar solamente hacer una pequeña reseña biográfica de Juana. De aquella chiquilla de 16 años que saldría de aquí, casada por poderes, con un príncipe extranjero al que conocía, nada más, por un retrato. Príncipe “hermoso”, bien plantado y también joven. Mujeriego a más no poder y que aquí nunca apreciamos porque con las españolas, y más si son nuestras reinas, no se juega…
Juana fue la tercera hija de los Reyes Católicos. Nació el 6 de noviembre de 1479 en la antigua capital visigoda de Toledo y fue bautizada con el nombre del santo patrón de su familia, al igual que su hermano mayor, Juan.
Desde pequeña muy bella e inteligente, recibió una esmerada educación propia de una infanta e improbable heredera de Castilla basada en la obediencia más que en el gobierno, a diferencia de la exposición pública y las enseñanzas del gobierno requeridos en la instrucción de un príncipe. En el estricto e itinerante ambiente de la Corte Castellana de su época, Juana fue alumna aventajada en comportamiento religioso, urbanidad, buenas maneras y manejo propios de la corte, sin desestimar artes como la danza y la música, entrenamiento como amazona y el conocimiento de lenguas romances propias de la península Ibérica además del francés y latín.
Aunque Isabel la Católica procuró vigilar la educación de sus hijos, sus deberes de gobierno no pudieron dejar mucho tiempo para ocuparse de una hija a la que, según cuentan, "nunca llegó a entender y dirigir".
Creo que ya he dicho que los futuros esposos no se conocían pero parece ser que se enamoraron locamente al verse. No obstante, Felipe pronto perdió el interés en la relación, lo cual hizo nacer en Juana unos celos patológicos.
Al poco tiempo llegaron los hijos, que agudizaron los celos de Juana, estos fueron: Leonor, Carlos, Isabel, Fernando, María y Catalina.
Los malos tratos de Felipe el Hermoso, sus continuas ausencias y constantes infidelidades influyeron en el comportamiento de la Reina. Los primeros años de su matrimonio, cuando aún estaban en Flandes, eran una sucesión de disgustos a causa de los celos. Comenzó a considerársela loca, pero, curiosamente, esto coincidía con las posibilidades de Doña Juana a la herencia hispana tras la muerte de sus hermanos y su madre.
Algunos señalan que lo que padecía la Reina era una esquizofrenia, lo que quizás explicaría la alternancia de sus momentos de absoluta lucidez con otros de pérdida de control. La lucidez quedó demostrada infinidad de veces en lo acertado de sus decisiones políticas; las pérdidas de control, no tanto. Su marido, su padre, su hijo, el cardenal Cisneros... todos pusieron su grano de arena para que Doña Juana sacara lo peor de sí y diera el argumento demente que todos buscaban. El culmen de su locura se produjo aquel año de 1506. Felipe, su marido, fue trasladado ya cadáver a la Cartuja de Miraflores, muy cerca de Burgos. Y allí comenzó una leyenda convenientemente inspirada por los cronistas de su época, que escribían al servicio y en justificación de aquellos que le arrebataron la Corona y el Reino.
La demencia de la reina seguía agravándose. No quería cambiarse de ropa, no quería lavarse y finalmente, acogiéndose el rey Fernando, su padre, a la última voluntad de Isabel la Católica (que dejaba escrito que, en caso de que Juana no quisiese o no pudiese gobernar, tomase las riendas del reino castellano su nieto Carlos I, y en caso de la minoría de edad de éste lo hiciese su viudo Fernando hasta la mayoría de edad de Carlos), se decidió a encerrarla en Tordesillas el mes de enero del año 1509, encierro que mantendría su hijo Carlos I más adelante y su nieto Felipe II después. Allí pasó el resto de su vida hasta que murió, el 12 de abril de 1555, después de 46 años de reclusión forzosa y siempre vestida de negro, con la única compañía de su última hija, Catalina (hasta que salió ésta para casarse con Juan III de Portugal), ninguneadas y maltratadas física y psicológicamente por sus servidores.
Nunca más se le permitió salir del palacio de Tordesillas, ni siquiera para visitar la tumba de su esposo a escasa distancia de palacio durante un tiempo, antes de su traslado definitivo a Granada.
¡Qué lejos quedaron aquellos sueños de dicha y futuro de una chiquilla de 16 años paseando, con su madre, por los muelles de Laredo 59 años antes!

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada