domingo 6 de noviembre de 2011

El cuento de la madre de Ballesteros…



Esta historia os puede parecer  algo extemporánea –ya hubo mucha literatura después de que el protagonista falleciese el pasado 7 de mayo y no voy a demorarlo más-, alejada de Cachopines y Villotas, y tocando un tema, el deporte –de refilón-, del que “nunca” hablo.

Se trata, sin más, de una historia. De una reflexión personal después de haber sido víctima de uno de mis “vicios”: la lectura.

A partir de ahí, descubrí al personaje. La verdad, siempre pensé que cualquier día le iba a conocer personalmente. Tal vez por casualidad; ya que era de la tierra y porque, con motivo de alguna prueba de atletismo organizada por los “Amigos del Deporte”, sé que anduvo por aquí, ¿por qué no iba a volver? También tenía hablado con Jonny –Jonatan Flores- que un día me iba a acercar, junto con él, hasta Pedreña para que me firmase –dedicase- un libro y, de paso, conocerle. Pero también podía haber sido de la mano del amigo Pedro García –presidente del Laredo Club de Golf-… No, no pudo ser, un tumor cerebral fue más rápido que yo, que nosotros…. ¡No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy! ¡Nunca mejor dicho! ¡No sabéis cuánto lo siento!

Pero vayamos con una mínima semblanza del personaje:

La historia de un niño de Pedreña  (Cantabria), de familia humilde, el pequeño de cuatro hermanos, que vivían en una antigua casa rural y dormían sobre el establo de los animales. De una familia que pastoreaba vacas, trabajaban la tierra y pescaban, como tantos por aquí. Y que, por casualidades de la vida, tal vez por un capricho; tenían cerca de su casa un campo de golf porque, desde el siglo XIX, la aristocracia y la gente acomodada de Madrid, huyendo del calor, eligieron Santander para darse aquellos famosos “baños de ola”. También lo hizo así la familia real y, curiosamente, el Real Club de Golf de Pedreña fue fundado por Alfonso XIII, aunque fue el infante don Juan de Borbón, padre del rey don Juan Carlos, quien inauguró el club un 19 de agosto de 1929. Parte de ese campo se construyó sobre las fincas de los labriegos pedreñeros.

Poco le gustaba la escuela a nuestro protagonista; prefiriendo recorrer, día tras día, aquel flamante campo y jugando, a la luz de la luna –de día no le dejaban entrar, y menos jugar, a no ser para hacer de caddy-, con un hierro 3, de esos que alguien quita de su bolsa y deja por ahí arrinconado. Perseveró, comenzó a jugar, hizo de caddy, siguió jugando y quién iba a decir que aquel muchacho que pastoreaba vacas, de familia humilde y poco aficionado a los libros, iba a dominar el paisaje golfístico mundial durante tres décadas en las que lo ganó “todo”. ¡Y aquí sin enterarnos, apenas!

Tenía un swing potente y natural. Era capaz de embocar una bola a ciegas, adivinando la caída del hoyo. Podía hacer los golpes más horribles seguidos de unos mágicos golpes de recuperación y, desde un apocamiento de coches –por ejemplo-, de un solo golpe, era capaz de dejar la bola al borde del hoyo en green… Todo parecía sencillo y mágico en él, en su juego.

Ni que decir tiene lo bien pagado que está este deporte –y a la vez, todavía, mal visto-.
Y hemos de decir que nuestro anfitrión hizo todo lo posible para popularizarlo. Le costó más de un disgusto y muchos problemas e incluso llegó a  hablar mal de los gestores de su campo de Pedreña – del Real-, por elitistas. Pero ni que decir tiene que, al final, gran parte de su sueño se consiguió… Hoy las licencias de aficionados se han multiplicado por mil. Mucha de la culpa la tiene nuestro protagonista que, como siempre, está más y mejor considerado fuera que dentro de nuestras fronteras.
De su mano entró, también, el golf, los golfistas europeos en G. B., en el circuito mundial y en la Ryder Cup…

Pero dejemos su vida para otra ocasión y, para los más curiosos, por ahí está publicada su autobiografía. Muy recomendable.

Y me voy a ceñir, por un rato, a su lado humano y a una historia.

Seve –así le llamaban- siempre sintió admiración por su madre –también por su padre y hermanos- y pensaba que ella era el “motor” de la familia y la mejor administradora de los pocos recursos de su casa. Por eso esta historia.
A pesar de la publicidad y el dinero que acompañan a la fama, Seve siempre trató de mantener una visión de la realidad lo más parecida posible a la idea de la vida que su madre tenía. Para su madre, como para muchas mujeres de campo, las cosas sencillas deben mantearse así. Para ello procede ir despacio y con buen tino y poder establecer lo que vale la pena y lo que es “humo de romería”-así lo llamaba-. Y para justificar sus teorías -las de la madre- siempre tenía a mano alguna leyenda o una historia inventada en el momento.

El hombre que tanto viajó, que tanto ganó, que pasó de cuidar vacas y sacar estiércol a vivir en un mundo en el que se codeaba con el lujo y la élite mundial, acabo sus días en su pueblo natal, cerca de los suyos y con los principios que su madre le inculcase. Por suerte no se volvió loco, murió de cáncer en su casa, rodeado de su familia y con los pies en la tierra.

Algún día nos daremos cuenta de la trascendencia de este personaje… Pero os dejo con la historia. Tal vez a alguno no le dirá nada pero, estoy seguro, hará reflexionar a muchos…

Este es el caso y esta es una de esas historias con las que Carmen -así se llamaba la madre-  hacía filosofía y pedagogía de la vida…

Erase una vez en la Edad Media un labriego cuya única expectativa era la puntualidad de la cosecha, su única agenda el ritmo del sol y su único placer el sueño después de una comida abundante. Muy joven, antes de llegarle el tiempo de conocer mujer y pensar en casarse, visitó su humilde parcela el mismo rey de Castilla. Eran los tiempos en que los reyes andaban a caballo acompañando a sus caballeros en la eterna lucha contra el moro. Tras una batalla no del todo exitosa, el rey había perdido su rumbo y cabalgaba solo por la llanura, en busca de su distraído séquito. Cuando se presentó sobre su caballo pisoteando la siembra, el joven miró al rey con desconfianza, aunque pudo advertir que sus ropas eran las de un señor acomodado y no las de un campesino como las suyas.
Ante la duda, ya que los nobles eran quisquillosos y los reyes fatales, el joven labriego invitó al rey a pasar a su casa –era más bien una choza- y le ofreció bebida y comida de acuerdo a sus posibilidades. El rey, que estaba muy cansado, pronto sugirió pasar la noche en aquella humilde casa en medio de la nada.

Al día siguiente, el rey reconoció el esfuerzo de su súbdito y decidió premiarlo. Le ofreció un cambio de vida, sumarlo a su corte como criado y educarlo de acuerdo a las elevadas exigencias de las dependencias reales. El joven aceptó, no porque pudiese imaginar lo que le esperaba, sino porque preveía que ese año la cosecha no pintaba bien y podía pasar hambre en invierno.

La vida en la corte estaba llena de refinamientos e incomodidades. El joven labriego no comprendía al principio por qué debía vestirse con tal cantidad de ropas ni hacer gestos remilgados sin ninguna utilidad aparente. Aprender a leer fue esforzado pero divertido y por lo menos no obligaban a bañarse más seguido de lo que lo hacía en el campo. Más bien lo contrario. Unos años después, ya había olvidado su pasado de labrador y la vida cortesana le parecía lo más natural del mundo. Se buscó una pareja en palacio y se casó convenientemente. Su  vida se había trasformado por completo.

Una vez debió acompañar a su rey a la frontera con el moro, porque estaba a punto de caer Córdoba -1236, esto es de mi cosecha y el rey, por las fechas, el mismo de nuestra reconquista laredana: la de Sevilla y Fernando III.- y la Cristiandad saludaba ese día con júbilo. El rey estaría en primera fila cuando el sultán huyese o se rindiese. De camino a la bella ciudad, pasó por un campo que creyó reconocer. En efecto, el rey confirmó que aquél era el terreno labrado donde lo había encontrado años atrás, cuando él mismo estaba perdido. El cortesano, antes labriego, sintió un profundo desprecio por el estilo de vida que apenas recordaba, pero que se expresaba dramáticamente en una choza derruida donde no imaginaba que un hombre podía dormir.

El rey que sí había dormido allí y que lo había disfrutado, le aconsejó a su cortesano que, aunque se retrasara un poco, pasara una noche en aquel lugar que antaño había sido su casa, mientras él se adelantaba. Ya podría alcanzar al cortejo la noche siguiente. Y así lo hizo, más por sugerencia de su rey que por su propia voluntad.
Aquella noche fue un tormento. Sintió frío y hambre, no pudo acostumbrarse a la dureza de aquella que había sido su cama- un montón de paja apilada en un rincón- y hasta los ruidos que en su niñez le resultaban parte del paisaje –los animales de la noche y el viento en las ramas de los árboles- lo ensordecían. Finalmente se durmió muy avanzada la noche, cuando el agotamiento lo superó.

Por la mañana, sus ropas de cortesano habían desaparecido. Encontró en su lugar sus antiguas vestiduras hechas de harapos cosidos, acomodadas junto a los instrumentos de labranza. Amanecía y prometía ser un día de mucho calor. Recordaba haberse dormido con la preocupación de desbrozar unos campos de tierra rebeldes en un rincón de su terreno pero, aunque lo intentará, de su vida de cortesano sólo tenía algunos recuerdos deshilachados, como algo soñado más que vivido. Creyó estar volviéndose loco o haber sido victima de un hechizo. Cuando miró sus manos, comprobó que eran ásperas y callosas, aunque frescas, como las del joven que era antes de que pasara el rey por su plantación.

Trabajó todo el día preguntándose por su extraño sueño. El sol de la jornada anterior, cayendo a pleno sobre su cabeza, podía ser la explicación más natural para aquel fenómeno.

Luego, en un momento de la tarde, el rey apareció con su caballo pisoteando la siembra. Le contó que estaba perdido, historia que el labriego creyó reconocer. Como la primera vez, si es que había existido, el labriego le ofreció alimento y cobijo por una noche. A la mañana siguiente, el rey agradecido le invitó a marcharse con él a palacio. El joven, a pesar de su temor, fue contundente en su respuesta: “Mi rey, agradezco tu generoso convite, el cual no creo merecer. Pero permítame quedarme en mi parcela cerca de la tierra. Tengo miedo de volver aquí con los años y no poder reconocer ni mi propia cama, ni los ruidos que me acompañan cuando duermo, desdeñar la comida que tanto esfuerzo me cuesta y acabar levantándome un día sin saber dónde estoy ni quién soy”.

Al soberano la respuesta le pareció extravagante, pero la aceptó sin problemas. Se marchó de allí cuando su séquito lo alcanzó e insistió en que el labriego aceptara por lo menos un regalo por su servicio. Le dejó unas monedas de oro que el joven guardó para la época en que le tocara conocer mujer y fundar una familia.

¿Quién iba a decir que un hombre como éste, Seve Ballesteros, atesoraba para sí historias como ésta?

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