miércoles 6 de julio de 2011

Las Meninas y el Greco


Comienza el verano y empiezan a llegar visitantes de los rincones más dispares. Sin embargo, el protagonista de hoy (los protagonistas) no vino de tan lejos. Ni el lugar, ni la historia, me son muy ajenos.

Empezaremos la historia con un señor de Toledo.

En la penumbra de Sta. María; el pasado día, en una de las visitas, se me acercó un matrimonio, una pareja metida en años. Rompió el hielo él y comenzó diciendo:

-Estas columnas, estos pilares, me son familiares. Me recuerdan, mucho, los de la catedral de Toledo.
-Sí –Respondí. Y además, curiosamente, esta obra fue patrocinada por el que fuera rey de Castilla y Toledo, Alfonso VIII, allá por el año 1200.
-El de la Batalla de las Navas –Afirmó el caballero.
-El mismo –Respondí.
-¿Conoce usted Toledo, la catedral…? –Preguntó el caballero.
-Sí, claro, estuve por allí alguna vez –Respondí. Anduve buscando unas águilas de Carlos V y… otras cosas. Me encantó pasear por esas calles estrechas, huyendo del  calor…
-Sí; el calor, ahora, cuando hemos venido, teníamos 40º -Argumentó el señor.
-Pues sí, -continué- anduve por allí, por San Juan, por la judería, las sinagogas, por la casa del Greco, por Sto. Tomé…
-Sí, ¿viendo el famoso cuadro del Greco? –Me preguntó.
-Sí, ¡claro! –respondí-, aparte de la iglesia.
-Lo que yo no entiendo –prosiguió él- es como se puede pasar la gente horas y horas, a veces días, contemplando ese cuadro (al Entierro del Conde de Orgaz, se refería).
-Pues no lo sé, pero hasta no hace mucho, era mi cuadro favorito.  Yo creo que aún lo es –respondí. De tanto verlo en los libros, de niño, siempre me llamó mucho la atención. Además del nombre del autor, un griego llamado Doménikos Theotokópoulos. Es más; me compré, allí mismo, una pequeña copia, una especie de díptico, que en su interior tiene una descripción de lo que la obra representa y la nomenclatura de todos los personajes que aparecen en el cuadro, ¡algo curioso y apasionante!
-Sí, -respondió el caballero- pero de eso a estar horas o días mirándolo, contemplándolo.
Pues mire, ¡lo que es la vida! –Respondí. Le voy a contar una historia curiosa que, también, nace en un cuadro:

Yo tengo una hija (Judith) que en eso de iglesias, historia y arte, sale un poco a mí.
Desde muy niña, siempre sintió atracción por el cuadro de las Meninas (el que nunca se presta) de aquel pintor sevillano Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Velázquez, a secas, para todo el mundo). Tan así, que no recuerdo cuándo (cuánto tiempo hace) hicimos un viaje a Madrid. La niña era pequeña y, sabiendo de su afición a las catedrales, los monumentos y los museos (y más cosas), la llevamos a ver el Prado (el museo nacional).
Una vez dentro y con la cara de “pardillos” de los que van a Madrid, y al Prado, de tarde en tarde, comenzamos a recorrer pasillos y habitaciones, a subir y bajar pisos y a ver, ¿cómo no?, cuadros.
La cosa llega a tal punto que, más pronto que tarde, te entra el “mal de Stendhal” (también denominado Síndrome de Florencia). Y, así, medio “mareados”, en un despiste,  pues… ¡Que se nos perdió la niña!

Para dos “paletos” como su madre y yo, aquello era algo gordo. No sabíamos si llamar a seguridad, preguntar a la gente, ponernos a gritar su nombre… Así que empezamos por no alarmarnos y recorrer las diferentes estancias, con el corazón en un puño, mientras iban pasándome por la cabeza las mayores barbaridades que cualquier “pirado” puede hacer con una niña pequeña. Eso sí, esos pensamientos los guardaba para mí mientras iba diciendo: ¡Igual está por aquí! 

Y así las cosas, habitación tras habitación, pasillo tras pasillo, nos pasamos, su madre y yo, un buen rato. Mi corazón iba a tope…

Y en eso, por casualidad, que nos tocó entrar en la sala dónde se encontraba expuesto el famoso cuadro de Las Meninas. Y allí; a metro y medio del cuadro, justo delante, allí se encontraba la chiquilla contemplado, extasiada, la obra. Pero no me pregunte cómo llegó, ella sola, hasta ese lugar. ¡Nos quedamos impresionados! Se nos pasó el susto. No le dijimos ni palabra y la preguntamos, ante tal cara de felicidad, que ¿qué le parecía el cuadro, qué sentía? No recuerdo que nos dijo, qué contestó, alguna alabanza.

Esto es tan así que; a día de hoy, Judith tiene varias muñecas, varias meninas, de diferentes tamaños, en una vitrina, iguales a las que aparecen en el cuadro y, además, se hizo pintar una de ellas (a buen tamaño) que, hoy por hoy, decora el comedor de su casa…

¡Curiosa historia! –Respondió el señor. ¡Nunca pensé que venir a Laredo me iba a resultar tan “familiar”! Toledo, Laredo, el Greco y… Las Meninas.

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