domingo 26 de junio de 2011

El Fuerte del Rastrillar o la Rochela



Las fortificaciones del Rastrillar constituyen uno de los conjuntos más interesantes que tenemos en España de sus características. De sobra es bien sabido que, junto con los fuertes acasamatados de Santoña, defendieron (o eso intentaron) nuestra bahía de los ataques e invasiones de navíos enemigos como ocurriese un 14 de agosto de 1639 con Henri d´Escombleau de Sourdis, más conocido como el Arzobispo de Burdeos. Aquella historia trágica en que 250 laredanos serían masacrados por unos 650 franceses por mar y unos 3000 por tierra; tocándole, poco después, a Colindres y a Santoña.
Pero la historia de esa montaña volcánica, el Rastrillar, nacería mucho antes y los datos de su primera “fortificación” datarían del siglo XVI, cuando nuestro rey, Felipe II, hereda de su padre un imperio tan extenso que se ve en la necesidad de controlarlo, protegerlo y defenderlo, pero… de aquella manera.
Así, se llamó  para el caso a un ingeniero italiano, Fratín, de los mejores de la época. Tan laureado que hasta el “Ingenioso Hidalgo” lo cita en su obra.
Y Fratín hizo un buen trabajo. Diseño un proyecto defensivo para el Rastrillar muy parecido al actual, al que hiciesen los franceses casi tres siglos después.

¿Qué pasó entonces? Pues que una cosa es lo que el técnico proyecta y otra, muy diferente, la que manda  ejecutar el político. Así las cosas, el primer proyecto defensivo nada tuvo que ver con lo diseñado por Fratín.

Vayamos con él…

San Nicolás o el catillo nuevo de la Rochela

La primera estructura  (la más antigua que se conoce) construida en el monte  Rastrillar, fue una explanada para dos cañones a base de madera, tierra y faxina, ordenada levantar por Felipe II, como ya cité, y que entró en servicio hacía 1582. La obra fue algo provisional con plataformas deleznables, un cobertizo donde se resguardaba el artillero y poco más, que tuvo que reconstruirse a mediados de 1587.
No es hasta 1619 cuando se levanta una nueva fortificación que tuvo el nombre de San Nicolás o el castillo nuevo de La Rochela (hoy desaparecida) y que sufrió en su estado y dotación altibajos en función de la coyuntura. Su ubicación hubiese estado, hoy en día, un poco más abajo de lo que se conoce como el “Mirador de la Caracola” y, por otro lado, de poco o nada servía o sirvió pues, al estar colocada mirando hacia el antiguo puerto y la villa (así sus habitantes y el gobernador creían poder dormir más tranquilos), nada pudo hacer cuando el famoso arzobispo desembarcó, con toda su tropa, poco más allá de lo que hoy es Carlos V. ¡Curiosidades de la vida!

La entrada. El Frente de Tierra.

Así las cosas, después de aquel escarmiento, hemos de esperar a enero de 1812  para hablar de más obras.
Y es que hacia 1812, en plena Guerra de Independencia y con un Laredo ocupado por los franceses, es cuando un tal Gabriel Breuille (coronel de ingenieros francés) proyecta aislar el monte del Rastrillar construyendo un “Frente de Tierra” (lo que hoy es la entrada) compuesto de: foso, escarpa y contraescarpa, para así frenar el primer ataque de cualquier enemigo que quisiese conquistar el fuerte desde fuera (este conjunto está hoy revestido de piedra, pero el primitivo sería de arcilla compacta). Además, también, hizo construir un embarcadero para retirar a la guarnición del fuerte en caso de necesidad (el foso baja, prácticamente, hasta los escarpados que coinciden justo, encima, del puerto -hoy del nuevo- donde estaría una garita y un vigilante, lógicamente).

Y ¿qué es lo que vemos hoy, actualmente, según accedemos al recinto?

Las fortificaciones del Rastrillar, actualmente, son “todas” del siglo XIX (errado va el que vende la mercancía como napoleónica). Ha habido algunas recomposiciones modernas de los siglos XX y XXI, hechas por la Escuela Taller de Laredo, pero todos los edificios, tanto los reconstruidos como los que todavía están en semi-ruina, son del siglo XIX y, concretamente, de su 2ª mitad (época de Isabel II) y prácticamente, todos, construidos entre 1859-1863.
Lógicamente la Historia, a lo largo de los siglos, ha dejado sus huellas (construcciones) y el punto de inflexión, aquí, lo marcó la Guerra de la Independencia contra los franceses (1808-1014) que, hasta los tiempos de Isabel II, fueron quienes realizaron los trabajos más extensos (caminos cubiertos, frente de tierra, edificios, baterías…). Y todavía, haciendo una buena limpieza del terreno, desbrozando maleza, aparecen restos de épocas, seguramente, más recientes y que, también, abría que estudiar.
Pero volviendo a la entrada, el gran edificio rectangular que encontramos según cruzamos el umbral de la puerta seguramente sería el Alojamiento de la guarnición del fuerte…

Esta sí es una obra proyectada por los franceses. Se trataba de un cuartel donde se alojaría la guarnición del fuerte (unos 250 soldados). El edificio que vemos, ahora, es moderno (reconstrucción de la Escuela Taller). En origen no tendría ventanas ni materiales “modernos”. En aquellos tiempos la vida del soldado era dura: dormían sobre tablas elevadas del suelo y hacinados completamente. Eran naves corridas y, lógicamente, casi, con oscuridad total porque no habría ventanas.

Más allá, casi de frente, vemos otros edificios que se corresponderían (deberían) con el pabellón para el comandante militar (con planta baja y piso principal) y el pabellón para el jefe del destacamento (de dos alturas, igualmente) y también tendría que haber habido una cocina, pero no está muy claro a cual corresponde cada uno después de las modificaciones sufridas. De hecho, yo no sabría decir cuál es cuál y, tampoco, me aparecen esos dos edificios en los planos de 1877 que he podido ver (sólo aparece uno). Sin embargo sí aparecen los edificios situados delante, mirando a la bahía, del pabellón de alojamiento de la tropa.

Las Baterías

Tanto la de Santo Tomás de Villanueva como la de San Carlos son muy interesantes y se conservan “bastante” bien.
Estas baterías, de ahora, son del siglo XVIII construidas, inicialmente, por los franceses y totalmente reconstruidas en época e Isabel II.
En principio serían  unas baterías abiertas, a barbeta, consistentes en una explanada con losas de sillería (para permitir el retroceso de los cañones después del disparo y nada que ver con lo que hay ahora) y un parapeto hecho de piedra. En el siglo XVIII la de Sto. Tomás era una batería para nueve cañones, tan sencilla, que ni siquiera tenía un cuarto donde poder resguardarse la tropa y almacenar la pólvora, ni un cobertizo donde cobijar las piezas cuando no fuese necesario su uso.
Por otro lado, la Batería de San Gil o San Miguel (y más tarde San Carlos), fue levantada a principios del siglo XVIII y se emplazaba a unos 40 mts. sobre el nivel del mar. En 1726 esta batería se denominaba indistintamente de San Miguel o de San Gil (nombres de santos que solían corresponder con los patronos del lugar o las ermitas de la zona), y constaba de una barbeta corrida rectangular con un tinglado en la gola y un pequeño edificio a retaguardia (cuerpo de guardia), fuera del recinto.
Esta batería de San Gil podía montar 20 cañones, pero hacia 1739 sólo tenía tres de hierro útiles de a 24 libras, y otros tres de a 18 desmontados.

En la segunda mitad del siglo XVIII cambió su nombre por el de San Carlos, en honor a Carlos III, ¡claro! A esta batería también se la conoce, popularmente, como la batería del Pozo, ya que bajando las escaleras, que dividen en dos la batería, se encontraba una de las fuentes de agua (por filtración) que se utilizaba para aprovisionamiento del Rastrillar.
Al igual que la de Santo Tomás, su aspecto actual data de la segunda mitad del siglo XIX, si bien los desprendimientos de los acantilados obligaron a realizar posteriormente varias obras de reparación.

Edificio del Cuerpo de Guardia

Es a mediados del XIX cuando los españoles tienen que construir un cuartel pequeño o cuerpo de guardia (que es el edificio que tenemos al lado) que daba servicio a las dos baterías: Sto. Tomás de Villanueva y San Carlos.
Sus características constructivas son muy simples y similares al resto de las estructuras del Rastrillar. Hacia 1860 lo que se hacía era construir los muros de mampostería (muros de 60-70 cm); esquinales, puertas y ventanas de sillares y, normalmente, los vanos en ladrillo. Ahí se adosaría una estructura de madera y luego el tejado de teja, en este caso a un agua (hoy nos quedan tres paredes o tres muros).

Almacén de pertrechos, cureñaje y efectos

Se encuentra en el camino de bajada, dirección a la batería de S. Carlos. Era donde se guardaba todo tipo de materiales necesarios para el servicio de las baterías. Es un almacén que estaría lleno de baldas de madera, con una separación interior y con grandes puertas para permitir la entrada y salida de carretas hasta el interior.
Este edificio es el único que se conserva en la zona de la bahía de Santoña. Es una construcción muy clara, de muros uniformes de mampostería de unos 60-65 cm de grueso, esquinales y dos grandes puertas (hoy, una semi-cerrada por la maleza) para poder introducir carretas, con sillares y tejado a dos aguas (el tejado falta también).

Polvorínes

Pues tenemos dos. El de abajo (detrás o al lado de la batería de S. Carlos) es un edificio para el almacenamiento de pólvora, construido aprovechando el declive natural del terreno con idea de “camuflarlo” y de evitar destrozos en caso de explosión. Además dispone, con ese mismo objetivo de minimizar daños y mantenerlo aislado en caso de deflagración, de un “pasillo” a su alrededor.
Es un edificio de gruesos muros, con un techo abovedado de hormigón hidráulico (de aquella época) de un metro de espesor, aproximadamente, y encima una espesa cubrición de tierra y vegetación que le servía, además, de camuflaje. En su interior se podrían guardar entre 1.000 y 2.000 kg de pólvora en barriles de madera, aislados y, asimismo, el edificio estaría dotado de un sistema de ventilación especial para conservar la pólvora en condiciones óptimas. Todavía, si se pone una mano en uno de los conductos del aire se puede observar su circulación… ¡Ingeniería pura y dura!

Es un polvorín muy sencillo, escondido del enemigo, aprovechando la Naturaleza y, además, de los que se llamaban a prueba de bomba.
Su cometido era aprovisionar las baterías de Santo Tomas de Villanueva y San Carlos.

El otro polvorín, el de arriba, al lado del pozo, se trata de un edificio de características similares al de abajo pero de mayor envergadura. Un edificio sólido, sin ventanas, de gruesos muros y una única puerta (ahora de chapa de hierro), que sirvió para almacenar, en condiciones optimas, 3.000 ó 4.000 kg. de pólvora. Es decir, realizado con la misma técnica del descrito anteriormente, pero más grande.
Aquí, también, se aprovechó el terreno para su construcción dejando un pasillo a su alrededor (un muro de servicio que sirve de protección especial), para minimizar los daños en caso de explosión, y en el lado que no hay terraplén natural, lógicamente, se construye otro muro. Desde el mar es prácticamente invisible.
Estos polvorines, además, estarían provistos de pararrayos (dos) para evitar explosiones causadas por tormentas (rayos) que consistían en un obelisco de ladrillo de unos 5 m. de altura. Aquí (en este de arriba) todavía se conservan los arranques de ambos pararrayos (hay que mirar bien). Esas estructuras cuadradas, de ladrillo, nos indican que estamos ante un edificio de almacén de explosivos.

Puesto de Observación (o garita de un vigilante, atalayero o centinela)

Al lado del mirador desde el que se divisa el Aíla, todavía quedan los restos de un puesto de observación. Desde tiempos remotos era importante ubicar puestos de observación en sitios privilegiados y, lógicamente, el monte Rastrillar o la Rochela es un lugar privilegiado para observar el mar, de ahí el nombre, tan popular, de Atalaya.
Así, en estas zonas altas se colocaban vigilantes (o atalayeros) que hacían señales, con una serie de códigos convenidos (talayas, hogueras, banderas o espejos, etc.), que daban aviso a la población en caso de una invasión enemiga o, por motivos más felices, para salir a la pesca de la ballena.

El Pozo

Justo arriba, al lado del polvorín “grande”, podemos apreciar la existencia de un pozo “perfecto” (circular) y muy bien conservado. Tiene más de doscientos años y se da la circunstancia de que no sabemos si fue construido por las tropas francesas, pero en sus informes y en sus planos ya ubican, exactamente ahí, un pozo y, seguramente, los españoles lo mejoraron porque el tipo de construcción de caliza, bien trabajada, es típica de 1860. De él se abastecieron todos los que ocuparon este monte.

Su abandono

Termino. Las fortificaciones y sus edificios auxiliares se abandonarían en la segunda mitad del siglo XIX, época en la que el Monte del Rastrillar o del Canto de Laredo, empezó a dejar en evidencia sus limitaciones defensivas pues; hasta principios del siglo XIX, los cañones más grandes, como mucho, con mucha precisión, podían alcanzar los 800 o 1.000 mts. Pero a mediados del siglo XIX, los cañones ya empiezan a alcanzar los 5.000, 8.000 y 12.000 mts. Además, ya empiezan a utilizarse granadas ojivales  con carga explosiva y el Rastrillar, que domina toda la bahía de Santoña, toda la villa de Laredo, el Puntal y el Puerto, ya puede ser “batido” desde las alturas (montes que rodean Laredo), siendo éste uno de los motivos por los que no se terminaron de hacer los grandes proyectos que se habían planificado para este sitio. Seguir con el proyecto adelante ya no tenía sentido. La carrera armamentística lo hizo vulnerable, pero sus restos, sus edificaciones, siguen ahí como testigos mudos de nuestra historia. 
El hecho de que, a partir de ahora, sea declarado Bien de Interés Cultural (B.I.C.) con la categoría de Monumento, debe ser un orgullo para esta asociación (Amigos del Patrimonio…) y para todos los laredanos. ¡Brindemos por ello!
Espero que, en adelante, vayamos a verlo con otros ojos…

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