jueves 24 de marzo de 2011

El "paciente” inglés

Hoy volvemos, otra vez, con una de esas historias donde “todo parecido con la realidad es pura coincidencia”… ¡Que me lo digan a mí! Recuerdos del pasado sin Cachupines ni encinas –que dejo para otro día-, con otros protagonistas y sin ninguna moraleja o… ¿tal vez sí?

 
Todos guardamos, mejores o peores, recuerdos de la infancia. Vivencias, risas, personajes… A mí eso de “estudiar” y observar a la gente, siempre me cautivó.

Me viene a la mente, ahora, con esto de mi afición a la “literatura”, la historia de un escritor, un turista inglés que se paseó y anduvo por Laredo en aquellos años del “boom” turístico de nuestra villa, que ríete tú de Copacabana (con todos los respetos).
Aquellos años en los que yo era un niño espabilado al que no se le escapaba ningún detalle y que observaba a los mil y un personajes de ese “Gran teatro del mundo” –que diría Calderón de la Barca, por cierto, apellido de origen montañés- y su forma de hacer y “actuar”.

El hombre en cuestión me dijeron que era escritor. Escritor y famoso, aunque no recuerdo su nombre. Creo, para más señas, que le tradujo una obra al inglés, nada más y nada menos, que a don Antonio Buero Vallejo –Historia de una escalera- y éste, don Antonio, le correspondió traduciendo al castellano una obra –no sé cual- suya –del citado inglés-. Este dato era de dominio público en el barrio pero nunca lo contrasté.

Nuestro protagonista hacía honor a esa fama de “colodras” o cosacos que tienen los extranjeros a la hora de andar de bares, aunque en eso, nosotros, también, seamos unos linces achantados por la crisis.

Así las cosas, el hombre “soplaba” bien y, como todo extranjero que veranea asiduamente en España, al poco tiempo, hablaba español mejor que los laredanos.
“Soplaba” y escribía y solía encontrar en la mágica cifra del 103 su fuente de inspiración.

Muchas tardes le vi con una mochila, papeles y botella, subir al Pico del Hacha o a la Atalaya; en busca de las musas que le iban a proporcionar la presentación, el nudo y el desenlace de su próxima obra. ¡Para que veáis lo que cuesta y lo duro que es esto de la narrativa y la escritura!
Volvía tarde y, tal vez, con los deberes bien hechos. Y así hasta el otro día…

También recuerdo que era un hombre de gran corazón. Tenía dos hijos –chica y chico- que me dijeron que eran adoptados y también recuerdo que unas navidades, estando aquí de vacaciones, se vistió de Papá Noel y fue repartiendo juguetes, a los niños, por las casas de sus vecinos. ¡No hay niño que no sucumba a eso! ¡Todo un puntazo!

Alguna vez hablé con él y hasta recuerdo aquel día en que se paseó por mi residencia vestido con un frac -o un traje-, bombín y bastón incluidos, y con un zapato y una playera en cada pie. Se veía que uno le hacía daño.
La verdad, con su bastón y su bombín parecía más Sir Winston Churchill que otra cosa. Y así le vi muchos años… Algo inaudito en mí barrio y la gracia que nos hacía.
Años que iba y venía y en los que los litros de alcohol le iban minando, poco a poco, la salud. De año en año su aspecto cambiaba y daba una imagen cada vez más deteriorada. Seguía con su buen humor, ciertos temblores, y desconozco cómo le iba en el mundo de los libros y si continuaba escribiendo… Los niños no preguntan.

Pero vayamos con el nudo y el desenlace de esta “obra”.

Hechas las presentaciones, toca hablar –por exigencias del guión- del tendero de mi barrio (uno de los varios que hubo). Del tendero sí, hombre de no muchos escrúpulos y no digamos nada de su mujer… que tenían un comercio de esos que pasaron de llamarse tienda a Supermercado o Supermarché, donde podías comprar, ya casi, de todo: desde el pan  hasta lana para hacer un jersey. Lo malo de estos “super” es que trabajaban mucho en verano y poco en invierno –ley del turismo-; entonces el negocio estaba en aprovechar, en “hacer el agosto” y vender… todo.
Y el tema ese del control de calidad o de la caducidad de los productos, no estaba tan en boga como ahora que la gente tira un yogurt porque se escapa dos días de la fecha marcada en la  tapa. Pero no sé si ese era el caso. Más bien, debemos volver con el inglés y su “idilio” con  la botella.

¿Por qué digo esto? Muy sencillo. El hombre en cuestión hacía constantes entradas y salidas en el supermercado para hacer sus compras y he aquí que, un día de esos en que los niños andábamos correteando por cerca del “super”, le vimos salir con su bolsa de compra y doblar la esquina, camino de su casa, sin prestarle mayor atención.
Así las cosas, en un fugaz momento del juego, iniciamos la carrera hacía la esquina que nuestro inglés acababa de doblar y no habíamos llegado, todavía, a ella, cuando oímos unos gritos que parecían salir del mismísimo averno…

Doblada la equina, allá, a mitad de camino, se encontraba tirado en el suelo nuestro querido escritor. Gritaba y se contorsionaba como si le estuviese dando algo, así que fuimos raudos en su auxilio muertos de curiosidad.

Así, a primera vista, no parecía nada grave. No tenía nada roto, no sangraba, no aparentaba haberse caído sino sentado y sí pude observar que tenía una botella de vino, de esas “golfas” de litro, abierta en la mano, que no paraba de señalar.

El hombre intentaba hablar, explicarse, pero entre que era inglés –su acento- y que no sé qué le pasaba en la garganta, apenas podíamos entender nada. Más bien, era el ruido de las carcajadas el que no dejaba oír. ¡Somos así!

Ante aquella situación optamos por llamar a alguna persona mayor, de las que por allí cerca andaban, para ayudar a levantarlo y avisar a su familia o llevarle al médico en caso de que estuviese malo (que lo estuvo y de ahí lo de “paciente”). Pero no, no era eso. Una vez incorporado y observando la botella de vino que tenía en la mano, pude comprobar que aquello, más que vino, era barro liquido. Una cosa que no había visto en mi vida, que olía fatal y que el hombre, en su ansiedad, había abierto y consumido, de golpe, sin reparar un segundo. Esa era la causa de los gritos y su enfermedad. Chillaba, berreaba, pedía socorro y, casi, se envenena (todo fruto del azar, supongo).

No sé si lo llevaron a su casa o al médico. No sé qué fue de aquella maldita botella, pero me consta que llamaron al tendero, y no sé, tampoco, que fue del “famoso” escritor inglés. Tiempo después de aquello reemprendió, como cada año, viaje de vuelta a su tierra y no supe de él nunca más.

Para terminar. Entre las cosas que, aún hoy, recuerdo, es que fue quien me enseñó aquel juego que consistía en dibujar en un papel tres casas consecutivas y debajo las acometidas de luz, agua y gas. Luego, con líneas de bolígrafo, tenías que intentar conectar a cada casa el agua, la luz y el gas, pero sin que se crucen las líneas (podéis probar en casa). Todavía recuerdo que cuando me dejó, en plena faena, me dijo: ¡Hasta la Eternidad…! Y así debió de ser.

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