Hoy me voy un rato al “Juncu” o a ese “Collado Lindo” que dicen algunos derivó en Colindres pero de lo que los filólogos, en su mayoría, discrepan.
Sea como fuere, Colindres tiene su historia, sus casonas nobles en la zona alta –Colindres el de Arriba-, historias apasionantes y, además, es cuna de singulares personajes que vivieron y sirvieron a su semejantes desde posiciones elevadas en el escalafón religioso.
Ahora mismo me vienen a la cabeza, por lo menos, cuatro: don Pedro Francisco Antonio de Oruña y Calderón de la Barca -Fray Pablo de Colindres-, allá a caballo entre los siglos XVII y XVIII, su hermano don Juan que llegaría a ser obispo de Osma (Soria) y más recientemente, hace más de 25 años que conocí a don José Ángel Ubieta, Colindrés, que fuese vicario de aquel obispo Añoveros en Bilbao. Y fruto de mi intensa relación con Sta. María de Laredo, tengo que citar a don Pablo Puente Buces -obispo, también y, en su última etapa, nuncio del Papa en Inglaterra- hijo predilecto de la villa y adoptivo de Laredo. ¡Demasiada púrpura en un pueblo tan pequeño! ¿Verdad?
Y de un religioso trataremos hoy. Un encargo de los “profes” del Colegio de Fray Pablo, personaje del que daré una pequeña charla –en ello estoy- intentando recoger, fidedignamente, su figura y… hasta un programa de radio. ¿El motivo? Pues nada más y nada menos que el cincuentenario del colegio –sus bodas de oro- por el cual han pasado, ya, tres generaciones de colindreses, desde aquel curso inicial 1960/61 hasta este último 2010/2011.
Y entre col y col… Colindres tiene su historia. Su pequeña gran historia de la que voy a empezar a dar algunas “puntadas” para, enseguida, pasarme a la historia que me trae aquí. La de aquel a quien gustaba llamarse “indigno capuchino”, al que llamaban “Colindres” cual nombre propio de persona y que, como siempre, dormía en los libros de historia esperando a que el arqueólogo o el “ratón de biblioteca”, revuelva en el polvo de sus páginas para salir del letargo…
Mientras Laredo era el eje de la economía de la zona, mientras el comercio, propiciado por su puerto (pronto volveremos a eso), iba y venía del mar a la Meseta y de la Meseta al mar y las gentes de, aquí y de allá, se buscaban la vida. Corría el año 1399 cuando Colindres irrumpe en la Historia porque el Rey Enrique III de Castilla (el Doliente), vende esta aldea, acuciado por las deudas ocasionados por la guerra con Portugal, a Juan de Velasco –su camarero mayor-; posiblemente vendiendo algo que no era suyo.
Los habitantes de Colindres, así como los de Limpias, que también se vieron afectados por la transacción, no estando dispuestos a pasar de ser unas aldeas de realengo para convertirse en propiedad de un camarero real, estuvieron dispuestos a recaudar y pagar los 15.000 florines de oro en que se tasó la venta e inmediatamente piden su incorporación al Señorío de Vizcaya, buscando acogerse a sus privilegios fiscales y debiendo respetar el Corregidor –que estaba en Laredo- los usos y costumbres de la tierra y, por lo tanto, dicho “contrato”.
La dependencia de Colindres y Limpias del Señorío de Vizcaya; sería así motivo de un sinfín de pleitos entre la Corona Castellana, los afectados y el propio Señorío.
Esta situación les permitió a ambas aldeas (Colindres y Limpias) jugar al gato y al ratón con los recaudadores de impuestos, de ambas jurisdicciones, bastante tiempo. Así, no se pagaban impuestos a Castilla por pertenecer a Vizcaya, mientras no se dirimiesen los pleitos entablados, y más de lo mismo le ocurriría al Señorío de Vizcaya con dichos pagos.
Tal situación se prolongaría en la historia hasta el siglo XIX (1846) en que por una mala gestión del alcalde de Limpias y después de que la Junta General del Señorío de Vizcaya acordase no apoyar a Colindres ni a Limpias por “no contribuir a la defensa del Fuero ni a los dispendios que el Señorío se veía obligado a costar”. Tomando, así, la decisión de “expulsarlos” definitivamente volviendo a formar parte de Castilla sin más remedio.
La rivalidad entre las gentes de Laredo y Colindres siempre fue algo manifiesto y creo que está en la historia de las poblaciones cercanas o colindantes, pero eso no fue obstáculo para que los comerciantes y los nobles de ambos lugares tuviesen relaciones comerciales y de otro tipo.
Y en lo que a alcurnia y personajes se refiere, si en Laredo había Cachopines, Villotas, De la Obra o Escalantes; en Colindres tendríamos: Cachopines –que emparentaron con los Mori-, Puerta, Villota, Gil de la Redonda, González de Agüero, Velasco, Torre, Arce, Alvarado, Serna o el famoso y citado linaje de los Mori; con su cruz, su calavera, sus dos tibias y sus lemas: “Cual me ves te veras”, “Mallo Mori Quam Faedari” (Antes morir que pecar) o ”Quien se desvela pensando en la última partida halla en la muerte la vida”. Lemas que, siempre, me han “cautivado” y de los que suelo hablar a menudo.
Pero me estoy desviando del tema y olvidándome del “indigno capuchino” verdadero protagonista de la historia de hoy y que no voy a dilatar más...
Si ya he citado que Colindres ha sido cuna y origen de nobles y eclesiásticos de alto rango, vamos a detenernos en la figura y obra de don Pedro Francisco Antonio de Oruña y Calderón de la Barca…
D. Pedro Francisco Antonio Oruña y Calderón de la Barca (apellido más conocido por el del dramaturgo Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), el de “La vida es sueño”, del que, curiosamente, su padre Diego Calderón era un hidalgo descendiente de Viveda –Cantabria-, secretario del Consejo y Contaduria Mayor de Hacienda-) nace en Colindres -hoy Cantabria- un 28 de octubre de 1696. Es un hidalgo, hijo de D. Pedro Antonio de Oruña y del Hoyo (veedor de las Cuatro Villas del la Costa del Mar) y de Dña. María Calderón de la Barca y Setién.
Los habitantes de Colindres, así como los de Limpias, que también se vieron afectados por la transacción, no estando dispuestos a pasar de ser unas aldeas de realengo para convertirse en propiedad de un camarero real, estuvieron dispuestos a recaudar y pagar los 15.000 florines de oro en que se tasó la venta e inmediatamente piden su incorporación al Señorío de Vizcaya, buscando acogerse a sus privilegios fiscales y debiendo respetar el Corregidor –que estaba en Laredo- los usos y costumbres de la tierra y, por lo tanto, dicho “contrato”.
La dependencia de Colindres y Limpias del Señorío de Vizcaya; sería así motivo de un sinfín de pleitos entre la Corona Castellana, los afectados y el propio Señorío.
Esta situación les permitió a ambas aldeas (Colindres y Limpias) jugar al gato y al ratón con los recaudadores de impuestos, de ambas jurisdicciones, bastante tiempo. Así, no se pagaban impuestos a Castilla por pertenecer a Vizcaya, mientras no se dirimiesen los pleitos entablados, y más de lo mismo le ocurriría al Señorío de Vizcaya con dichos pagos.
Tal situación se prolongaría en la historia hasta el siglo XIX (1846) en que por una mala gestión del alcalde de Limpias y después de que la Junta General del Señorío de Vizcaya acordase no apoyar a Colindres ni a Limpias por “no contribuir a la defensa del Fuero ni a los dispendios que el Señorío se veía obligado a costar”. Tomando, así, la decisión de “expulsarlos” definitivamente volviendo a formar parte de Castilla sin más remedio.
La rivalidad entre las gentes de Laredo y Colindres siempre fue algo manifiesto y creo que está en la historia de las poblaciones cercanas o colindantes, pero eso no fue obstáculo para que los comerciantes y los nobles de ambos lugares tuviesen relaciones comerciales y de otro tipo.
Y en lo que a alcurnia y personajes se refiere, si en Laredo había Cachopines, Villotas, De la Obra o Escalantes; en Colindres tendríamos: Cachopines –que emparentaron con los Mori-, Puerta, Villota, Gil de la Redonda, González de Agüero, Velasco, Torre, Arce, Alvarado, Serna o el famoso y citado linaje de los Mori; con su cruz, su calavera, sus dos tibias y sus lemas: “Cual me ves te veras”, “Mallo Mori Quam Faedari” (Antes morir que pecar) o ”Quien se desvela pensando en la última partida halla en la muerte la vida”. Lemas que, siempre, me han “cautivado” y de los que suelo hablar a menudo.
Pero me estoy desviando del tema y olvidándome del “indigno capuchino” verdadero protagonista de la historia de hoy y que no voy a dilatar más...
Si ya he citado que Colindres ha sido cuna y origen de nobles y eclesiásticos de alto rango, vamos a detenernos en la figura y obra de don Pedro Francisco Antonio de Oruña y Calderón de la Barca…
D. Pedro Francisco Antonio Oruña y Calderón de la Barca (apellido más conocido por el del dramaturgo Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), el de “La vida es sueño”, del que, curiosamente, su padre Diego Calderón era un hidalgo descendiente de Viveda –Cantabria-, secretario del Consejo y Contaduria Mayor de Hacienda-) nace en Colindres -hoy Cantabria- un 28 de octubre de 1696. Es un hidalgo, hijo de D. Pedro Antonio de Oruña y del Hoyo (veedor de las Cuatro Villas del la Costa del Mar) y de Dña. María Calderón de la Barca y Setién.
D. Pedro Francisco Antonio Oruña y Calderón de la Barca será el segundo de cuatro hijos, a saber: D. Diego Manuel –Caballero de la Orden de Calatrava y quien hereda el mayorazgo-; D. Juan, que llegaría a ser obispo de Osma (Soria) y Dña. Luisa que casaría en Conlindres con un tal don Juan de Quintana.
Pedro Francisco Antonio, se educaría en su infancia en su propia casa paterna-materna, de la mano de un preceptor, como las nobles familias patricias de la Grecia y Roma clásicas.
Siempre fue un niño despierto e inteligente que destacó en los estudios y así con 13 años su padre lo llevo a estudiar a Valladolid, donde dicen que sus amigos eran los libros y los sabios que en ellos encuentra.
A los 17 años ingresa en el Colegio Mayor de Santa Cruz, con una beca, obteniendo allí la tonsura clerical.
Es decir, nuestro protagonista se hace clérigo.
Al año siguiente, se gradúa en Bachiller en Cánones por la Universidad de Santo Tomás en Ávila, sigue estudiando en Valladolid y ya ayuda a sus profesores hasta la finalización de sus estudios jurídicos. Sobre todo en la Jurisprudencia, el Derecho.
Ya en esa época causa sensación y asombro entre profesores y alumnos, hasta que llegó un acto público, una oposición para una plaza de Canónigo Doctoral en la Universidad de Salamanca. Oruña no quiere ir, pero sus compañeros y sus profesores le presionan.
Él se considera joven y sabe que tiene que competir con sacerdotes maduros de Colegios Mayores de Salamanca, Oviedo o Cuenca.
Él se considera joven y sabe que tiene que competir con sacerdotes maduros de Colegios Mayores de Salamanca, Oviedo o Cuenca.
Dicen que pesó más en él el voto de obediencia que otra cosa y, curiosamente, allí, además de ganar la plaza recibe el aplauso general de todos llevándose, según frase de la época: “los corazones, los dictámenes y la prebenda”. La noticia causó sensación y llego, incluso a oídos del Rey, entonces Felipe V.
A partir de entonces Oruña tiene, además de impartir su magisterio, que terciar en controversias legales que le dieron aún más fama, como el pleito que gano contra la Universidad de Salamanca sobre un tema de diezmos o el que ganó contra el Colegio Irlandés, el cual tuvo repercusión en toda España.
Era un especialista en la materia y le acompañaba la fama de sabio, llegándose a decir de él que “Sí Oruña fuese elegido Gobernador del Consejo del Rey sería la elección más acertada, de no tener sino veintisiete años.”
Su fama llegó a ser tal que transcendió hasta la Corte…
Y en medio de toda esta fama y todos esto hechos es cuando, como dicen, Oruña se conoce a sí mismo. En la Navidad de 1724, viaja a Colindres y pide permiso a su madre para un 10 de marzo de 1725 –con 29 años- tomar el Saco Capuchino en el Altar Mayor del Convento de Salamanca. Desde este momento pasó a llamarse Pablo de Colindres o “Colindres”, a secas.
Nuestro protagonista se convierte casi en un místico a razón de algún texto que he podido leer por ahí y no admite más que rigores, mortificaciones, pobreza, desnudez y desprecio por las comodidades terrenas. No se inspira en otra razón que buscar el sacrificio para encontrar en él agradar al Señor. Y hasta el papa (de los tres que conoció) Benedicto XIII, que ya conocía de su santidad, le exime de parte del tiempo de noviciado que le resta para hacerse capuchino en toda regla.
Así nuestro protagonista se hizo capuchino (Seguidores de S. Francisco de Asís, preconizando la vida en oración, pobreza, austeridad y fraternidad, así como la predicación sencilla al pueblo y la dedicación a los enfermos afectados por la peste -o la lepra en su tiempo-. Querían imitar a Francisco de Asís hasta en su porte externo; por eso iban descalzos, usaban barba y una túnica con una larga capucha puntiaguda de donde les viene el nombre de: Capuchinos) y, a partir de entonces, un modelo de sacrificio y virtud a tenor de su historia…
Poco después, el P. “Colindres” fue elegido Secretario para la provincia de España.
Marchó como misionero a Orán (Argelia) en 1735 y allí estuvo 5 años predicando y asistiendo en los hospitales.
Además, eran tiempos dónde había constantes incursiones militares españolas, ya que Orán fue una plaza considerada por los españoles como muy importante para la seguridad del Mediterráneo español, de hecho se conquistó en 1509, volviendo a manos turcas en 1708. Y en 1732, Felipe V, puso mucho interés en recobrar Orán. Eso se traducía en constantes ataques y toma de cautivos por ambos lados, y es justamente ahí cuando estando de misionero el P. Colindres, observa los combates y ve como se hacen prisioneros y esclavos, por ambos bandos, que luego se canjean o se venden. Y valiéndose de sus poderosas armas que eran su reconocida santidad y el respeto que inspiraba, consigue que los adultos sean canjeados por los soldados españoles prisioneros y que los niños no sean vendidos a los moros, sino a cristianos para que los bauticen y estén obligados a cuidarlos como a sus hijos.
Además, eran tiempos dónde había constantes incursiones militares españolas, ya que Orán fue una plaza considerada por los españoles como muy importante para la seguridad del Mediterráneo español, de hecho se conquistó en 1509, volviendo a manos turcas en 1708. Y en 1732, Felipe V, puso mucho interés en recobrar Orán. Eso se traducía en constantes ataques y toma de cautivos por ambos lados, y es justamente ahí cuando estando de misionero el P. Colindres, observa los combates y ve como se hacen prisioneros y esclavos, por ambos bandos, que luego se canjean o se venden. Y valiéndose de sus poderosas armas que eran su reconocida santidad y el respeto que inspiraba, consigue que los adultos sean canjeados por los soldados españoles prisioneros y que los niños no sean vendidos a los moros, sino a cristianos para que los bauticen y estén obligados a cuidarlos como a sus hijos.
De todas sus andanzas van teniendo noticia hasta los reyes (Felipe V, Fernando VI, Carlos III,) en determinados momentos e incluso Fernando VI le propone para el cargo de Obispo de Barcelona, cargo que, como es natural, rechaza: “Jamás se dio el caso en España de haber sido Obispo ningún padre Capuchino, que esa alta dignidad, en modo alguno se compenetra con su humildad”.
Y hasta el papa Benedicto XIV –de los tres papas que conoce- intenta persuadirle, pero en vano. Más bien es el papa el que acaba convencido de que tiene que tirar la Tiara… ¿Qué sermón o explicación no oiría?
“Colindres” conserva siempre juntas la nobleza y la sabiduría. Mira como iguales a sus súbditos, se abstrae de su dignidad, se rinde al dictamen de sus inferiores y siempre que habla de él se llama: indigno capuchino.
Y así las cosas, el 8 de mayo de 1761 es elegido General de la Orden Capuchina. El propio papa Clemente XIII aplaude la elección y es así como un colindrés se convertirá en el primer “General” español de la Orden Capuchina apadrinándole el Duque de Medinaceli.
Y a partir de ahí comenzaría su peregrinación por todos los conventos de Europa, a pie hasta terminar sus días en Viena (Austria).
Y aquí me gustaría hacer un pequeño inciso pues…
Al que miraba con tanto temor al obispado le estaba disponiendo la Providencia otro honor secular y de la mayor distinción. Pues “Colindres” viene a España siendo General capuchino y es nombrado “Grande de España”* el 10 de julio de 1762, siendo sus padrinos el Duque de Medinaceli y nuestro monarca Carlos III . Entre la magnificencia de este acto solemnísimo del nuevo “Grande de España” *da público testimonio de ser su mayor grandeza la de su alma y su humildad.
*(La Grandeza de España es la máxima dignidad de la nobleza española en la jerarquía nobiliaria, pues está situada inmediatamente después de la de infante, que está reservada a los hijos del rey de España y a los del príncipe de Asturias. Es otorgada por el rey y generalmente va unida a un título nobiliario, por lo que es hereditaria, aunque en ocasiones se concede de forma vitalicia a una persona en concreto, como los hijos de los infantes de España, que no heredan el tratamiento de sus progenitores. Es también la más alta dignidad de su clase de toda Europa, pues sus privilegios fueron mayores que los de otras figuras similares europeas, como los pares de Francia o los peers del Reino Unido.
Su origen se encuentra en las antiguas monarquías visigodas, aunque no es hasta el reinado de Carlos I de España, en el siglo XVI, cuando comienza a regularse y establecerse como la conocemos en la actualidad).
Pero ni el concurso de los pueblos, ni la veneración de los Grandes, ni el agrado de los soberanos, hinchan el corazón de “Colindres”, la abstinencia y el ayuno son el regalo de su espíritu. La mesa común es su delicia en su escasez y su pobreza, y de cada plato parte o reparte con los pobres.
*(La Grandeza de España es la máxima dignidad de la nobleza española en la jerarquía nobiliaria, pues está situada inmediatamente después de la de infante, que está reservada a los hijos del rey de España y a los del príncipe de Asturias. Es otorgada por el rey y generalmente va unida a un título nobiliario, por lo que es hereditaria, aunque en ocasiones se concede de forma vitalicia a una persona en concreto, como los hijos de los infantes de España, que no heredan el tratamiento de sus progenitores. Es también la más alta dignidad de su clase de toda Europa, pues sus privilegios fueron mayores que los de otras figuras similares europeas, como los pares de Francia o los peers del Reino Unido.
Su origen se encuentra en las antiguas monarquías visigodas, aunque no es hasta el reinado de Carlos I de España, en el siglo XVI, cuando comienza a regularse y establecerse como la conocemos en la actualidad).
Pero ni el concurso de los pueblos, ni la veneración de los Grandes, ni el agrado de los soberanos, hinchan el corazón de “Colindres”, la abstinencia y el ayuno son el regalo de su espíritu. La mesa común es su delicia en su escasez y su pobreza, y de cada plato parte o reparte con los pobres.
Y volviendo con su peregrinación por todos los conventos capuchinos de Europa decir, que sus viajes eran a pie -aunque el papa le regaló una mula- caminando, a veces, hasta 8 leguas diarias (unos 33/34 km.) y sus acompañantes apenas podían seguirle.
Que daba igual el frío o el calor, que varias veces cayó enfermo, que los nobles y las gentes de los pueblos y ciudades por donde pasaba salían al camino para verlo o mandaban sus coches para recogerle, favor que siempre declinaba. Que conoció a príncipes y reyes (en Bohemia al Príncipe Colloredo o en Francia a Luis XVI) y que todos le llamaban “Santo”. En Bohemia, todavía hoy, le llaman: “el Santo Capuchino”.
Que daba igual el frío o el calor, que varias veces cayó enfermo, que los nobles y las gentes de los pueblos y ciudades por donde pasaba salían al camino para verlo o mandaban sus coches para recogerle, favor que siempre declinaba. Que conoció a príncipes y reyes (en Bohemia al Príncipe Colloredo o en Francia a Luis XVI) y que todos le llamaban “Santo”. En Bohemia, todavía hoy, le llaman: “el Santo Capuchino”.
Y que de estos viajes y estos excesos llegaría a Viena. Allí conoce a la reina consorte de Hungría, la Archiduquesa María Teresa de Austria, y que allí enferma –llega ya enfermo- y acaba muriendo de fiebres muy altas.
Murió un 7 de junio de 1766 (a la edad de 70 años no cumplidos) y la propia emperatriz María Teresa se encargó de su funeral con todos los honores.
Fue sepultado en la Capilla de la Presentación de María Santísima, junto al sepulcro de Fray Marcos de Aviano, célebre capuchino también, y la reina mandó que se esculpieran en su sepultura sus blasones, porque sabía de su nobleza y argumentando, además, que “si alguno pudiera entender que era por vanidad hace saber que el espíritu que animaba al P. “Colindres” se fue con él, porque allí sólo quedaba el cuerpo de quien en el mundo fue don Pedro de Oruña y Calderón de la Barca Hoyo y Setién”.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada