miércoles 29 de febrero de 2012

Castro, Laredo y Zurbarán

Poco o muy poco entiendo de pintura, tan poco, que casi me da vergüenza decirlo. Con la pléyade de buenos artistas y pintores que tenemos -y hemos tenido- en Laredo, apenas soy capaz, nada más, que de admirarlos y pensar si lo que veo, si la obra en cuestión, me gusta. Sigo escribiendo con esa vergüenza y, poco a poco, van corriendo las líneas para llevaros a mi terreno y contaros la historia de hoy… Pintura, leyendas y patrimonio…



Y la inspiración, esta vez, me viene recordando una de mis visitas, en este caso al museo del Prado, y del “notición” que nos acaban de dar con la cosa de que ha aparecido una copia de la Gioconda de Leonardo –tal vez de un discípulo suyo- en dicho museo. La cosa rezaba algo así: La copia restaurada del retrato más famoso del mundo será expuesta en el Louvre. Un discípulo de Leonardo pintó la réplica mientras el maestro ejecutaba el original…”. (…) “La réplica, ya no hay duda de ello, fue pintada por uno de los pupilos favoritos del genio…”.

 Pero volvamos con lo nuestro…

De mis visitas a la iglesia de Castro –una joya-, al Museo Diocesano, al convento de San Francisco; y de pegar la oreja a las historias de la sabiduría popular, a las “leyendas urbanas”, os voy a relatar dos historias sin resolver el entuerto, tal y como me las contaron y, tal vez, dejándoos con la misma curiosidad que a mí me pica. ¡Poco más puedo hacer!

No sé si sabéis que Castro, su iglesia, presume de tener entre sus tesoros un cuadro de Zurbarán, Francisco de Zurbarán, de allá de la época que ronda el siglo XVII.


Sí, enmarcado en un retablo de mediados del siglo XVII, se halla un gran lienzo (195 X 230 Cm.) que representa a Cristo agonizante en la cruz. Curiosamente, la escasa documentación de la iglesia de Sta. María de Castro, en esa etapa, hace muy difícil sino imposible documentar el citado lienzo. Sin embargo, las características de la pintura y las consabidas relaciones comerciales que la familia de los Amoroses (familia influyente y  de rancio abolengo -Siglo XIV-XV-, como las hubo en Laredo, el linaje de los Amoroses descendía de los Vorgones o Vergones. Fueron mareantes que llegaron por mar desde la Borgoña Francesa a villa de Castro. Los Amoroses, tomaron este nombre por un ruano que era Mancebo y que enamoró a muchas mujeres y por eso llamáronse sus hijos Amoroses) mantuvieron con Andalucía, hace más que probable la asignación de la autoría al pintor de Fuente de Cantos afincado en Sevilla en el citado siglo. Además, su atribución fue acreditada por expertos haciendo comparación con un cuadro similar que se expone en el Museo Municipal de Bellas Artes de Sevilla o en la mismísima Fundación Thyssen, de Lugano (Suiza), y es considerado como una obra de la juventud del artista hacia 1639 (curiosamente, justo cuando atacó el arzobispo de Burdeos Laredo).

El hecho de que fuese un encargo privado hizo que la presencia de la obra pasará desapercibida en la villa hermana y dio origen a leyendas promovidas por la imaginación popular ávida de motivos para acrecentar su fe…

Cuentan que en aquellos tiempos pretéritos en los que los pescadores castreños salían a la mar, lejos de su costa, con aquellas endebles embarcaciones, en cierta ocasión se levantó una gran tempestad que hizo zozobrar muchas naves. Muertos de miedo los marinos empezaron a rezar y suplicar ayuda del Cielo y, enseguida, se calmó la tormenta y pudieron salvar sus vidas. Pero su asombro fue mayor cuando descubrieron que sobre la sosegada superficie del mar apareció flotando un lienzo, con la imagen de Cristo, que se dirigía a la costa marcando el rumbo a seguir. Una vez en puerto fue recogido –el cuadro- y trasladado a la iglesia de Sta. María –de Castro- donde a día de hoy se encuentra.

Más rocambolesca es la historia que a tal obra atribuyen marineros laredanos. ¿Por qué está ese lienzo en Castro? Pues muy sencillo…

Puestos a contar leyendas; me contó un hombre del pueblo, un hombre de mar, que allá en aquellos tiempos en que entraban y salían mil y una mercancías de nuestro puerto y, algunas, del de Castro, un galeón zozobró en una tormenta dejando gran parte de sus mercancías a flote, a la deriva. En tal situación, ante aquel desastre, barcos de Laredo y de Castro, que navegaban por la zona, se acercaron a ver los restos del naufragio. Una vez allí, las tripulaciones de dos de los barcos –uno de Laredo y otro de Castro- vieron flotar en el mar una imagen de Cristo crucificado, pero ninguno de ellos se atrevió a cogerlo entablando el pleito de ¡yo lo vi primero! Ambas tripulaciones se pusieron de acuerdo y dejaron que el lienzo, con la imagen de Cristo en la cruz, tomase rumbo a su antojo, coincidiendo éste con dirección a aguas castreñas. Aquellos marinos laredanos no pusieron objeción alguna pues, después de todo, era voluntad del Señor…

Hablando de Zurbarán; su obra es el resultado de la espiritualidad del siglo XVII, del conceptismo de los círculos cultos y religiosos, de la austeridad y humildad forjada en su entorno vital y en las demandas de las comunidades religiosas para las que trabaja y, en fin, de las circunstancias personales en las que se desarrolla su actividad.

Una de las facetas artísticas más celebradas del pintor extremeño fue la serie de obras encargadas por comunidades religiosas y dedicadas a representar escenas de la vida de sus fundadores y de monjes de la orden. Con este tipo de ciclos Zurbarán se afianza en su situación profesional y su taller alcanza una merecida reputación.
Y hablando de comunidades religiosas, al pintor extremeño se le atribuye la autoría, también, de una obra que se conserva en el convento de San Francisco laredano.
Y vamos con la segunda parte…

Esta obra, no lleva aparejada leyenda alguna –que yo sepa-, pero sí es tan enigmática en su procedencia como la anterior. Y es que no me voy a detener en detalles nimios, ni en su restauración, ni en cómo o por qué hice la foto. Más bien, me ceñiré al texto del diario Alerta y en aquella noticia, de hace muchos años, volviéndola a poner de actualidad.
Corría el año 1963 – y yo con pañales- en el periódico Alerta de la segunda semana de julio (aunque por otro lado lleva otra fecha impresa de Domingo 10 de julio de 1988, cosa que me confunde pero no afecta para nada al caso) saltaba a primera plana la noticia –que os relato casi literal- de…

 

¿Un Zurbarán descubierto en Laredo?

  
A razón de los entendidos de entonces “la pintura es perfecta”. La sorpresa fue mayúscula y antes de lanzar la buena noticia a la calle los comentarios eran unánimes: ¡Es S. Francisco de Asís de Zurbarán!

Don Francisco Velasco –padre de la Soledad- acreditado pintor de Laredo, se había fijado en el cuadro hacía sólo unos días. La pintura se encontraba perfectamente disimulada tras una imagen de S. Antonio, en un altar lateral del convento de S. Francisco de las monjas Trinitarias. Estaba reciente la recuperación, por la policía sevillana, de un cuadro de similares características que fue robado durante la Guerra de Liberación de la iglesia de Villalba de Alcor (Huelva). Esta fue la pista que sirvió al señor Velasco para pensar que podía tratarse del autentico Zurbarán.

Don Manuel Castillo, coadjutor de Laredo, se negó ya en 1914 a que este cuadro saliese del convento de las Trinitarias, a pesar de las muchas presiones que sobre él ejercieron algunos técnicos llegados expresamente para tal fin. Durante la guerra española el cuadro fue descolgado y, al parecer, escondido. Más tarde volvió al lugar en que se encuentra.
En un principio se creyó que el S. Francisco era obra del Greco, hasta que posteriores investigaciones desecharon esa hipótesis, pensando más bien que podía tratarse de un Zurbarán. Si así fuese, se calcula que el cuadro puede valer… (Me ahorro la cifra).

El cuadro, como puede observarse en la fotografía, representa a San Francisco de Asís en estado de meditación, con una calavera en las manos. El lienzo se encuentra bastante deteriorado –ahora ya no, se arregló el año pasado de la mano de la restauradora Lydia Quevedo-, con algunos desgarros que, sin embargo, no afectan a lo esencial de la pintura.

Si se compara el cuadro recuperado recientemente –cuando aquello- en Sevilla y el descubrimiento de Laredo, se pueden apreciar algunas diferencias de poca consideración, tales como las posición de la calavera, barba menos pronunciada y espesa en el hallado en Laredo, así como las ramas que aparecen en la parte izquierda y algunos otros motivos complementarios que no aparecen en la fotografía original.
De todas formas, los entendidos en la cuestión aseguran que la perfección con que está realizada la pintura es extraordinaria, de ahí que no vacilen en atribuirlo a Zurbarán.

La noticia es ésta. Si es o no un autentico cuadro del citado pintor, no tardará en saberse.
Si es autentico o no, si es una réplica o simplemente una copia es asunto que no tardará en aclararse. Nosotros –ahora yo- nos limitamos a relatar los hechos tal como han sucedido –como sucedieron-. Así terminaba la noticia.

Espero que nadie vea aquí comparaciones odiosas, sino casualidades. Tampoco se trata de un “descubrimiento” sino de una puesta al día.

Desconozco si alguien, con mejor juicio que el mío, dictó sentencia en su día o aclaró el tema. De aquello para acá no hemos vuelto a saber más –yo por lo menos-. La cosa quedó en “suspenso” y, tal vez, se pensó que lo más prudente era dejarla tal cual.

Sin embargo, como os he dicho al principio, a mi me pica, me sigue picando, la curiosidad. Hoy lo traigo aquí, como tantas cosas, y es que ¡no sabemos ni lo que tenemos!  Porque como para todo ¡Doctores tiene la iglesia! ¡Qué no se diga! ¿Me entendéis?



sábado 11 de febrero de 2012

La última capilla



Seguimos a vueltas con Sta. María…

Sta. María no deja desperdiciar ocasión para, poco a poco, ir dejándonos descifrar algunos de sus secretos. Sólo demanda atención.

Hará dos meses recibí una llamada. Era Carmen Ceballos, historiadora y, a partir de esta aventura, amiga. Quería venir a ver nuestra iglesia más emblemática, Sta. María, hacer algunas fotos –traía un permiso del obispado- y su trabajo se iba a centrar en el Renacimiento en Cantabria -próximo trabajo, tal vez, próxima publicación-. Callado está dicho que nuestras iglesias atesoran mucho de ello.

La verdad, así como el Renacimiento fue temprano en Italia (S. XV), aquí fue tardiego. Pasamos del gótico a una forma ornamental de éste –Plateresco- y, de ahí, a un modelo austero de Renacimiento. Como ejemplo, aquí, podemos hablar de nuestro “viejo” ayuntamiento (S. XVI).

Pero, tal vez, la colección más extensa de esta forma de entender el arte esté dentro de la iglesia, de Sta. María; y, sobre todo, hermosa dónde las haya, la “Capilla de los Escalante”. Su bóveda de combados con florones que parece de mármol, sus pechinas, sus veneras –evocando, tal vez, la Ruta Jacobea- , su reja plateresca, su suelo de azulejo de Arista o Espejo, sevillano, su tríptico, todo… es un claro ejemplo de esa época en Laredo y en Cantabria.

Así las cosas, mi repaso con Carmen de todo lo que ya sabíamos fue fácil, la cuestión venía en aquello que quedaba por saber…

De entrada, yo tenía una ubicación y una nomenclatura, vieja pero aún actual, de las capillas conservadas que circundan la iglesia, pero no coincidía mi nomenclatura con la de Carmen. Tampoco estaban muy claros sus promotores y posteriores herederos –no de todas- y, lo más curioso, nos faltaba una que por pura lógica pronto encontré –digo encontré porque fue después de que se fuese Carmen-.

Hemos de decir que a lo largo de los años nuestro templo cambió –ha cambiado- mucho. Ha sufrido ampliaciones, derribos, recomposiciones y modificaciones varias. Ha habido obras que fueron el “cuento de nunca acabar” –la actual sacristía “museo” que tiene varios “padres”- y algo parecido ocurre con la capilla de la Concepción – o de los Escalante- que presume de tener… dos autorías: Lope García de Arredondo y Juan de Rasines. Inclinándose la balanza, a día de hoy, hacia el último.

Y hablando de obras; sólo recordar la obra y demolición del antiguo coro barroco del que, a día de hoy, no nos quedan más que capiteles mutilados y la balconada, estrecha, del actual órgano, aparte de algunos sitiales donde se sentasen los egregios canónigos.

Además; la iglesia estuvo rodeada de otras pequeñas capillas con distintos patrocinadores, altares y advocaciones, que irían despejando sitio a partir, sobre todo, del Concilio Vaticano II (1962-1965). Así las cosas, nos queda lo que nos queda.

Y vamos a centrar el tema para no cansar…

Repasando la vieja y actual nomenclatura de las capillas, llegamos a tal lió de nombres que, sin ayuda de viejos textos, nunca hubiésemos podido aclarar. Bueno, en realidad, aclaramos lo que se pudo. ¡Bastante para el caso!

No tuvimos mayor problema con la capilla de la Concepción o de los Escalante, tampoco con la que perteneció al linaje de “La Obra” –dónde está la Soledad- que pasó posteriormente a los Vélez Cachupín y se conoce como de S. José porque estuvo bajo esa advocación.

Mayor problema nos dio la conocida como de Revellón –donde está el altar del Carmen- con la advocación de la Virgen del Buen Suceso o de la Natividad y cuya propiedad se le atribuye a dos “Revellones” distintos: En 1706 era de Francisco de Revellón Trelles Santiago y dicen que está ahí enterrado. Capilla que había sido atribuida a otro Revellón: José de Revellón, descendiente del anterior. Sabemos, además, que en 1720 don Fernando de Revellón, hijo del susodicho Francisco, encargó colocar en ella un retablo.
Siendo de los Revellón, cambió de advocación por la de Nuestra Señora de los Remedios y así, con tanto nombre, la cosa confunde al más pintado.

Por otro lado nos aparece en los textos una capilla del Santísimo que fue cedida a la cofradía del Santísimo Sacramento. A falta de más datos ¿cuál era su ubicación? Ya teníamos localizadas todas menos la puerta del cementerio y la primera, donde están los cuadros de la Escuela de Murillo; al lado de la sacristía, y que, hoy por hoy, se llama del Nacimiento.

Revolviendo un poco más, nos aparece otra con el nombre de Nuestra Señora de los Dolores que dicen que está “en el lado contrario, junto al muro norte del ábside de la nave de la Asunción, de planta cuadrada y que se cubrió con bóveda de crucería con terceletes” y continúa: “la capilla del lado del Evangelio, la primera de ellas, comenzando por la cabecera estuvo bajo la advocación del Santísimo…”. Y aquí está la clave.



Sí, no había duda, la única capilla del lado del Evangelio –primera nave del lado izquierdo, según se mira al Altar Mayor de la Asunción- que tenía terceletes y una bóveda con escudos y demás, era –es- justo la que, hoy por hoy, da paso a la “nueva” sacristía y que no tiene más muro que el de la puerta de entrada a ésta. ¡Claro! ¡Algo era ello! ¡Por eso conserva aún, en lo alto, los restos de una ventana que en su día daría a… la mismísima calle!

Así, por lógica y siguiendo las mismas directrices, la capilla del Santísimo tuvo que ser la que hoy alberga cinco cuadros y que llamamos: del Nacimiento o Natividad –nombre que, curiosamente, antes tuvo la de Revellón como ya he comentado- y donde estuvo colocado el órgano -más pequeño- hasta hace no muchos años. ¡Vaya lio de nombres, santos y capillas!

En resumen. A parte de clarificar ciertos patronazgos y ciertos nombres, de golpe y porrazo descubrimos que el paso desde la nave pequeña –baja- del Evangelio hasta la actual sacristía, la puerta de ésta, fue una antigua capilla con la advocación de Nuestra Señora de los Dolores que apenas conserva más que su bóveda y una ventana ciega –ni altar, ni muros, ni santos, ni nada-, cosa que fue suficiente para identificarla. Capilla desconocida como tal –para mí y para muchos- y “oculta” durante siglos… Y no será que no paso –pasamos- por ella de continuo. ¿Cuántas veces me habrán preguntado a dónde daba esa ventana, ahora, condenada? Y yo sin explicación, improvisando teorías que a otros escuché.

Acabo. No, aún no están aclarados todos los enigmas de Sta. María, tal vez uno más. De hecho, por ahí nos aparece una capilla dedicada a Sto. Domingo cuyo patronazgo perteneció en el siglo XVII a la familia Hoyo Alvarado, donde se enterraron Sebastián de la Puerta y su esposa Magdalena del Hoyo, y que dicen se encontraba o era “la capilla tercera con una puerta que comunicaba la iglesia con una ermita de la Ánimas, situada cerca de la iglesia”. ¡Primera e intrigante noticia! ¿Un pasadizo “secreto”?

Esto acabó rompiendo todos mis esquemas y dándome dolores de cabeza para futuras indagaciones. ¡Salud!

Cuando me aclare os lo cuento…